Las erupciones volcánicas que más cobraron vidas: de Tambora a Unzen
Un recorrido por las cinco erupciones que más víctimas dejaron y las lecciones que cambiaron la gestión de riesgos.

Las erupciones volcánicas que más cobraron vidas: de Tambora a Unzen
Una serie de explosiones volcánicas dejó a su paso decenas de miles de muertos, cambió climas y quedó grabada en la memoria de la humanidad. Según la Smithsonian Institution y la Oregon State University, la letalidad depende tanto de la magnitud del estallido como de la cercanía de poblaciones, la falta de alertas y los fenómenos colaterales que acompañan a cada erupción.
Monte Tambora (Indonesia, 1815)
El volcán de la isla de Sumbawa encabeza la lista con un saldo que oscila entre 60.000 y 92.000 fallecidos, según distintas fuentes. La erupción expulsó más de 150 km³ de tefra, cubriendo cultivos y devastando aldeas enteras. El invierno sin verano que siguió a 1815 provocó hambrunas y epidemias en varios continentes, convirtiendo al evento en una tragedia global.
En aquel momento, la ausencia de sistemas de vigilancia y la lejanía de los centros de investigación hicieron que la población no recibiera aviso alguno. La catástrofe impulsó, años después, la creación de los primeros observatorios volcánicos en Europa y Asia.
Krakatoa (Indonesia, 1883)
Entre el 26 y el 27 de agosto de 1883, Krakatoa desató una explosión cuya energía superó a cualquier otra registrada. El número más citado de muertos es 36.417, mayormente por los tsunamis de más de 30 metros que arrasaron costas de Java y Sumatra. El sonido de la explosión se escuchó a miles de kilómetros y la nube de ceniza alteró el clima durante varios años.
El desastre marcó el inicio de la sismología moderna; científicos como Robert Mallet empezaron a medir la energía liberada por una erupción y a estudiar la propagación de ondas sísmicas.
Monte Pelée (Martinica, 1902)
El 8 de mayo de 1902, una corriente piroclástica descendió a gran velocidad sobre Saint‑Pierre, aniquilando la ciudad en minutos. Las cifras oficiales sitúan la mortalidad en 29.025 personas, aunque otras estimaciones la ubican entre 28.800 y 30.000. El desastre se convirtió en referente para el estudio del riesgo volcánico por la rapidez del fenómeno y la imposibilidad de escape.
El caso de Pelée obligó a las autoridades coloniales a replantear los planes de evacuación y a instalar redes de observación más cercanas a los volcanes activos.
Nevado del Ruiz (Colombia, 1985)
El 13 de noviembre de 1985, el calor del volcán derritió nieve y hielo, generando lahares que sepultaron la ciudad de Armero. La Smithsonian Institution registra más de 23.000 muertos, y balances iniciales superaron los 25.000 fallecidos. El lahar del Ruiz sigue siendo el más mortífero documentado y ejemplifica la falla en la prevención ante amenazas naturales.
Tras la tragedia, Colombia implementó el Sistema Nacional de Riesgo y creó el Centro de Monitoreo de Volcanes, que hoy emite alertas tempranas y coordina evacuaciones.
Monte Unzen (Japón, 1792)
En 1792, la combinación de actividad eruptiva, colapso del cráter y un tsunami provocó la muerte de 14.524 personas, según el US Geological Survey. Aunque menos conocido por el público, este episodio supera a otras erupciones en número de víctimas y muestra cómo la interacción de fenómenos puede multiplicar el daño humano.
El desastre de Unzen impulsó la primera normativa japonesa de evacuación y sentó las bases para la modernización de la gestión de emergencias en el archipiélago.
Estas cinco catástrofes demuestran que la fuerza de la naturaleza puede sobrepasar cualquier medida técnica. Cada caso dejó lecciones sobre la importancia de los sistemas de alerta, la planificación urbana y la educación de la población frente a peligros volcánicos.
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